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Juguetes murcianos para medio mundo

mubam juguetes No era aquella artesanía murciana un juego, aunque mucho lo pareciera. Pero, como le sucedió a la seda y al pimentón, pasaron de producir riqueza y progreso a convertirse en recuerdos polvorientos en nuestros libros de historia. Se trata de la industria del juguete murciano que, no hace tantos siglos y de la mano de los Reyes Magos –que por algo el Papa reveló que eran del sur de España-, acercaban el nombre de Murcia a miles de hogares en todo el país. Recaía tan pujante negocio en los llamados cartoneros murcianos, como Maite Sánchez recuerda en su obra ‘Fiestas de Primavera. Batalla de Flores en Murcia (1899-1977)’. De hecho, tanto esta celebración perdida como el Coso Blanco, el Bando de la Huerta o el Entierro de la Sardina se nutrieron para sus carrozas de la destreza de aquel oficio. Tanta importancia atesoraba el gremio que el Círculo Mercantil, organizador del Entierro, convocó en 1929 un concurso destinado “a los industriales murcianos, fabricantes de juguetes y objetos propios para tirar desde la carroza”. A todos les invitaba, mediante un anuncio en el diario ‘El Tiempo’, a presentar ofertas que incluyeran modelos y precios. Alguno de ellos puede admirarse estos días en una magnífica exposición en el Museo de Bellas Artes de Murcia (Mubam). Existían en la ciudad numerosos talleres, desde los más familiares y humildes hasta otros que se convirtieron en auténticas fábricas. Aún retumban los nombres de célebres maestros como Francisco Peña, Mirete Rubio, Espín, Emilio Gil, Mariano Séiquer, Gracimart o Fernández Espejo. Primeros ‘souvenirs’ El declive del negocio por la aparición de nuevos materiales y técnicas obligó a los cartoneros a reciclarse. Algunos de ellos se dedicaron a la confección de recuerdos turísticos o souvenirs y se convirtieron, aunque ya nadie se acuerde, en auténticos pioneros del sector en España. Este es el caso de Ángel Tomás, pintor y gran aficionado taurino, que pronto intuyó el potencial como reclamo turístico que encerraban los diminutos toros de cartón o las calesas que conducían toreros, incluidas las cuadrillas. En otros casos recurrieron a la emigración y se convirtieron en reputados artistas falleros en tierras valencianas. Y aún quedaron algunos, como el legendario Conte, el más célebre de todos y cuyas creaciones adornaron desfiles en medio país y parte del otro medio. Fernando Fernández Espejo destacaba a mediados en la década de los ochenta en las páginas del diario ‘Línea’ que el oficio se había perdido. Quizá porque su complejidad no logró sobreponerse al avance de la tecnología. La fabricación artesana era ardua. “Desde hacer el engrudo –contaba Fernández-, vaciar, sacar de molde, ojear, repasar, atar (con aquellos interminables ovillos de hilo llenos de nudos y más nudos)”. Interminable tarea que se completaba con el proceso de pintura y acabado. Sin embargo, el resultado convertía a Murcia, según el mismo autor, en “cuna del caballito de cartón y de la Pepona de cara pintarrajeada y traje de tarlatana”. La tarlatana, para quien no lo sepa, es una tela rígida, basta y áspera, con mil agujeritos que dejan entrever lo que hay detrás. Inventores del reciclaje Si los cartoneros impulsaron con su arte los desfiles murcianos, también fomentaron con sus juguetes otro curioso negocio y fueron pioneros en el reciclaje, para pasmo de la presente generación que se cree inventora del mismo. Porque una legión de hileros y traperos recorría cada día las calles ofreciendo a los niños aquellas graciosas figuras a cambio de los más variopintos materiales: ropa y zapatos usados, papeles, metales, vidrio… Junto al cartón se introdujeron otros materiales como el metal, el fieltro o la madera que dotaban de mayor resistencia a los juguetes. Recordaba Fernández Espejo la enorme gama de piezas, entre las que se encontraban carritos de pan y de basura, carretas, tartanas y jardineras, todas realizadas en talleres de prestigio como los que mantenía en la Puerta de Orihuela el maestro Segovia, el de Pedro Román –dedicado a las miniaturas de muebles- o las mismas creaciones para casas de muñecas de los torneros de la plaza de San Julián. Todo se esfumó. Otra innovación, que hoy se nos antoja invento extranjero, fue la producción de trajes para muñecas, en los que destacó la artesana María Navarro. Sin olvidar al ilustre García Martínez, propietario de la histórica Casa de los Nueve Pisos, en la que instaló su propia fábrica. En ella se creaban hasta diminutos colegios de juguete que, como destacó el cronista Carlos Valcárcel, incluían “sus pupitres de madera, su monja, sus niñas y su pizarra”. Y de la industria al comercio. Tiendas que, sobre todo en el corazón de la ciudad, despachaban las creaciones locales, hoy piezas de museo: Bazar Murciano, Bazar Acopu, Blanco y Negro, La Alegría de la Huerta… De aquella gloria pasada apenas nos queda la colección que atesora el Museo de la Ciudad, ubicado junto al último huerto mozárabe que se escapó de la piqueta, y las piezas que expone el Museo del Juguete de la localidad francesa de Poissy. Esta instalado en una abadía del siglo XIV. Y a ella envió el pintor Mariano Ballester algunas de las piezas de su espectacular colección. Ballester también quería abrir un museo en Murcia, pera esa historia causa tanto coraje que mejor descansa un tiempo antes de indignarnos.]]>

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